- ¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo hoy?
- Me gustan muchas cosas de mi trabajo: que estudio y aprendo mucho; que me permite conocer personas muy interesantes que están pensando e intentando conocer y transformar lo que no nos gusta de este mundo. Aunque no venimos logrando muchas mejoras últimamente, si miramos en la perspectiva del mediano o largo plazo hay indicios alentadores de que no solo somos una especie destructiva: las persona vivimos mucho más. Además, la población casi se duplicó, por lo que también somos capaces de alimentar a muchísimas más personas, dar mucha más asistencia sanitaria, educación y otras condiciones que habrían sido consideradas lujos hace un siglo. Por otro lado, me permite investigar (bah, más bien me obliga a hacerlo, pero yo lo veo como una gran oportunidad) qué estamos haciendo mal y trabajar para crear conocimiento y conciencia sobre cómo mitigar esos impactos negativos. Como me dijo una vez un colega cuando trabajábamos ambos como periodistas en el diario Clarín (donde trabajé más de diez años, entre 1996 y 2007): “somos afortunados: nos pagan para estudiar”. Cada vez estoy más de acuerdo con esa frase.
- ¿Sentís que la tecnología nos conecta como sociedad? ¿O nos aleja?
- Las dos cosas a la vez. Por un lado, nos acerca a personas con las que en otros momentos solo nos habríamos podido comunicar por carta. Mi mejor amiga, mi amiga-hermana, vive en Córdoba, y tengo la suerte de escuchar su voz o al menos cruzar unas palabras con ella prácticamente todos los días. También nos trae temas y problemas desconocidos. Por otro lado, puede ser un vehículo de desconexión, o de una heterogeneización no necesariamente enriquecedora, si pensamos en que ya no tenemos algunos rituales comunes a toda la sociedad, como que todos podamos compartir al mismo tiempo algunos saberes e informaciones básicas.
- ¿Qué cosas pensás que nunca se van a poder reemplazar con la tecnología?
- Es una gran pregunta y toda respuesta es necesariamente simplificadora porque aunque parezca paradójico, cuanta más tecnología tengamos, más cosas habrá que las tecnologías no pueden hacer. ¿Por qué? Porque las tecnologías hacen cosas parecidas a las que hacemos los humanos, pero las hacen de manera muy diferente. En particular en las tareas creativas, o mejor dicho, en los momentos creativos de las diferentes actividades, los momentos poéticos: desde poner un nombre hasta desarrollar un estilo propio. Por el momento son bastante rudimentarias. No quiere decir que hagan las cosas mal… Son muy buenas copiando estilos y combinando modos de hacer, por ejemplo.
Seguramente con ellas aparecerán nuevos, o como mínimo se reformularán, géneros y lenguajes artísticos, no me cabe duda. Eso pasó con la máquina fotográfica, con el cinematógrafo, con el dispositivo de televisión, por dar tres ejemplos que todos conocemos. Pero la dimensión poética humana es bien diferente: se asocia a tiempos y ritmos muy diferentes de los maquínicos; a otros procesos muchas veces inconscientes, a materiales complejos como los sueños o las memorias ancestrales. De hecho las tecnologías nos pueden empujar a hacernos preguntas nuevas. Por ejemplo, podemos empezar a prestar atención a cómo aparece el cansancio en una obra. Pienso en un mural o en la obra musical de un autor, ¿se nota el tiempo de creación en una obra? ¿Dónde están sus “imperfecciones perfectas”? Es un tipo de pregunta que ahora nos puede empezar a interesar. Por otro lado, todo aquello que está muy anclado a lo corporal, las tecnologías lo hacen diferente. Pueden ser muchísimo más precisas en ciertas cosas (hay máquinas que ven u oyen muchísimo más que nosotros) y mucho más torpes en otras, no me imagino todavía bailando con una máquina.
- ¿Cómo creés que lo digital cambia la forma en que pensamos o sentimos?
- Dado que la digitalidad viene atravesando toda nuestra vida en diferentes aspectos, desde el modo en que nos educamos hasta cómo sacar turno para renovar el DNI, desde cómo se hacen películas hasta el modo de escuchar música, desde cómo se estudian los astros hasta la consulta médica, la pregunta abre cientos de aspectos. Para no aburrirlas mucho voy a decir solo dos cosas: Primero, lo digital transforma la dimensión material de aquello con lo que interactuamos y, con eso, las prácticas concretas. Doy un ejemplo: la lectura de un libro no se relacionaba solo con lo escrito; había una relación íntima con el objeto. Elegíamos el libro por los colores de la tapa, por la colección en la que estaba; y lo seleccionábamos para leer en un viaje, en las vacaciones, o antes de ir a dormir, entre otros motivos, de acuerdo con el peso: este libro finito me lo llevo en el colectivo, esté más grueso puede ir en el auto de viaje, pero si me voy de mochilero llevo uno que quizá voy a dejar en un refugio para que lo lea otro viajero. Lo digital cambia esa relación con el objeto y cambia también la práctica. El escritor italiano Alessandro Baricco dice que hoy leemos libros de una manera más parecida a como vemos series de varias temporadas que a como leíamos libros hace 30 años: nos enganchamos y leemos los comienzos y vamos “abandonando” los finales... Esto me lleva a lo segundo que quisiera mencionar: por una dinámica que es bastante más compleja que simplemente decir “lo digital cambió todo”. Hubo diferentes procesos que presionaron aquí, y que tienen que ver, por ejemplo, con el desarrollo de las plataformas de internet, como Spotify, Netflix o aún Facebook, que fueron modificando los hábitos de consumo y, consecuentemente, los modos de producción. Lo que vemos ahora es que nos relacionamos con diferentes piezas y prácticas culturales (películas, música, libros, información cotidiana, incluso conocimientos científicos) bajo la lógica del “contenido”. Son todos “contenidos”, bastante indiferenciados entre sí y en competencia por la atención. Desde la producción industrial y sintética de cultura “fast-food” (que puede ser también bastante sofisticada, como la mejor cultura “snack” de la que habla Carlos Scolari), hasta la forma más elaborada y amorosa de artesanía poética se nos presenta como “contenido” que podemos consumir sin mucha reflexión, como en una especie de feria o supermercado sinfín. Eso es algo para mí un tema para analizar.
- En tu opinión, ¿hoy es más fácil o más difícil informarse bien?
- Creo que, por el momento, es más difícil. No estoy segura de que esta sea la “foto final”, como se suele decir. Es decir, creo que el escenario puede transformarse de diferentes maneras. Pero en el momento actual, cuesta más que hace tres décadas, entre otras cosas por la destrucción sistemática del periodismo que fue realizada en estos años por distintos actores (las propias empresas periodísticas, los falsos periodistas “panelistas” o “chimenteros” y también los poderes políticos). Sin embargo, si uno logra entrar en una zona o corriente de información confiable (lo que significa, sobre todo, si encuentra un conjunto de fuentes con las que recibe y coteja información sobre temas específicos), encuentra más información y más especializada que hace tres décadas.
- ¿Qué consejos acerca de la tecnología darías a quienes trabajan con jóvenes?
- El primer consejo es una precaución político-metodológica. Que sirve para muchas cosas: “adentro y en contra”. Que quiere decir: animarse a explorar y ser crítico al mismo tiempo. Luego, propondría a quien tenga que hacer esa tarea que intente encontrar alianzas con alguna persona, grupo o institución que esté investigando el tema, para así aunar esfuerzos que les permitan reflexionar y aprender al mismo tiempo. Por ejemplo, para la alfabetización en IA, que es el tema del momento, en Buenos Aires hay espacios como Laia, Faro Digital, Géneras, Datagéneroo o nuestro TecnocenoLab que son espacios que al mismo tiempo que investigan, hacen talleres para docentes, familias y mujeres. Creo que en el mundo digital la cooperación, el compartir y hacer juntos es la táctica por excelencia.
Por Uma Moure y Liz Juarez
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